—¿Te veré mañana?
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—No.
—¿Y yo qué hago?
—No sé. También podemos vernos otra vez otro día.
—No, tiene que ser mañana.
—¿Por qué?
—Porque necesito verte todos los días.
—Bueno... no siempre se puede.
—¿Por qué sonríes?
—No sonrío.
—Sí lo haces. ¿Ves? Lo has vuelto a hacer... ¿Qué pasa si te digo que me encanta esa sonrisa?
—Nada.
—¿No pasa nada?
—No.
—Es posible, pero sonríes.
—Claro.
—Tienes una sonrisa de nata.
—Siempre dices esas cosas...
—Porque es la verdad.
—No, porque a ti te encanta inventarlas.
—Sí, es cierto, pero sin ti no podría.
—Están dentro de ti, si no fuese conmigo sería con otra.
—Tal vez... pero has sido tú, y eres tú la que está aquí ahora; de terciopelo como el material de los sueños.
—¡Esa te ha quedado fatal!
—Lo sé...
—No importa.
—¿Algún día me dirás que te gustan las cosas que te escribo? ¿O vas a dejar que siempre lo adivine?
—Me gustan. Me gustan todas.
—Amándote es fácil escribir cualquier cosa.
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lunes, 5 de octubre de 2015
lunes, 21 de septiembre de 2015
La ves
... y entonces te giras sabiendo que sí, pero que no debes, que no debes, pero que lo necesitas. Y te giras. La ves llegar con ese pelo suelto, con ese moño estrafalario, con esa trenza imposible, o con lo que sea que lleve o que tenga y que te vuelve loco. Y te saluda con esa voz que siempre será presagio de vida, augurio de ella; y te sonríe con una de esas sonrisas de las que lo saben todo, una de esas sonrisas de la parte más sincera y pícara de su ser. Y entonces en un segundo desaparece y lo has perdido todo, y se ha ido, dejándote huérfano de ti mismo, regocijado, hundido, muerto y complacido al mismo tiempo; sabiendo que ya no está, que acaba de perderse, y que todo tú y todo ella habéis sido en un sólo instante.
jueves, 16 de abril de 2015
Protocolo
Todos cenando. Comentando banalidades.
Risas de cortesía para comentarios precocinados. Y yo pendiente de
ti. Acariciándote con mi silencio. Observando el pliegue de tus
labios al sonreír. Qué me importará a mí todo ese protocolo. Yo
quiero que suene la música y sacarte a bailar. Quiero preguntarte tu
nombre. Quiero dejar de mirarte y pasar a agasajarte como un idiota
que sabe que ha encontrado a una chica demasiado buena para él. Qué
me importará a mí todo este protocolo. En todo este mar de
murmullos ininteligibles me quedo con tu cabellera oscura y con las
cuatro miradas furtivas que nos hemos regalado.
domingo, 5 de abril de 2015
Tres atardeceres y ocho primaveras
Hoy mis manos están destrozadas. Eso
no pasaba cuando tu estabas. Entonces entrabas y yo te recibía con
un “buenos días, princesa”. Los días se nos escapaban entre un
temporal de besos y cosquillas indiscretas.
Pero ahora, amor, ahora mis manos están
destrozadas y tu calor se ha marchado poco a poco de la punta de mis
dedos. Qué cruel, qué extraño. Yo quiero ver si todavía te
brillan los ojos cuando sonríes, y si todavía ladeas la cabeza
cuando estás enamorada.
En estas letras nostálgicas que no
dicen nada, te mando tres atardeceres y ocho primaveras. Yo, mientras
tanto, esperaré a que los días se hagan más largos, y a que mis
manos se acostumbren a tu ausencia.
jueves, 9 de octubre de 2014
Jugar a los desconocidos...
Juguemos a los desconocidos.
Yo trataré de imaginar quién eres sólo estudiando tu ausencia y tus ojos,
y tú lo tendrás un poco más fácil.
A ti te dejaré cuatro versos asonantes y todo un cielo de poemas.
Trataremos de cazarnos las miradas,
a ver quién sonríe antes y
quién ama más temprano.
Ese es el trato.
Si jugamos a no conocernos
yo quiero ser quien pueble tu ausencia
y tú quien colme mi alma.
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